Hay una persona a la que le gusta sentarse sobre una piedra a tomar el sol, cerca de una pared, al resguardo de la brisa, o en los bancos del parque, cuando sale a pasear, es mayor, está lanringectomizado, su mujer nos contó que cuando no estaba jubilado e iba a trabajar, se solían meter con él de tarde en tarde por su forma de hablar, que la gente era mala. En fin.
Especialmente dedicado a los fumadores.
Miraba el juego de los niños a través de los cristales, oía sus risas y sus gritos de júbilo y gozo ante la primer nevada, para muchos de ellos era su primera vez, su primer escalofrío. Desde el olvido de los años, el abuelo, sentía el frío en los huesos, sus articulaciones oxidadas se volvían más perezosas con la llegada del invierno y no le obedecían sus dedos, que se le agarrotaban cual garras de pala escabadora y se negaban a cerrarse sobre la pelota de goma amarilla que el médico de huesos le había indicado como terapia a su artrosis. Sin embargo, a pesar del dolor, se sentía feliz de ver dichosos y alegres a sus nietos, correteando por sobre la hierba cubierta de copos blancos, arrojándose bolas, jugando a perseguirse por entre los pinos. ¡¡Cuidado!!. ¡¡Está detrás de ti!! grito el abuelo a su nietecilla, su preferida,- un grito que solo salió de su alma, pero que se ahogó en sus cuerdas vocales, esas ingratas cuerdas que se deshicieron, se deshilacharon bajo el bisturí de un cirujano en una mesa de operaciones después de diagnosticarle el tumor maligno. Un día el tabaco te matará Recordó entonces las palabras de Leonor- Y estuvo muy cerca de la misma muerte, tan sólo separado por el filo de una hoja templada de acero, su vida estuvo en manos del especialista que con un bisturí le sajó el don de la conversación, el don de las palabras habladas. Las palabras de su esposa habían sido premonitorias. Fue una larga y peligrosa operación en el quirófano de una prestigiosa clínica privada, ellos tenían dinero para pagarlo, y todo salió bien, sin complicaciones de ningún tipo. Todo un éxito. Pero él había quedado sin habla. Mudo. Condenado al ostracismo del silencio. Aunque hubiese salvado su vida, su vida ahora quedó atrapada. Al principio emitía sonidos guturales horribles que le asustaban a él mismo y no podía controlar el goteo de saliva y la baba le colgaba por entre los labios. Se daba hastío a si mismo. Dejó de ser persona y optó por su retirada, por el olvido, por mirar la vida desde detrás de sus visillos, lo que esta quisiera aún permitirle continuar en pie, humillándole y burlándose de su vejez, de su caricatura de ser humano destrozado por los años y la lenta e irreversible enfermedad. Vio como su nieta era sorprendida desde atrás por otros dos niños que le lanzaban bolas de nieve por la espalda. Se sentía como Gregorio, la enorme cucaracha de Kafka, en la metamorfosis, olvidado por todos y con una manzana clavada en la espalda que era incapaz de arrancar con sus artríticas manos arrugadas y huesudas. Había sido laringectomizado hacía tres años y las secuelas eran una cicatriz a cada lado del cuello y un agujero en la parte baja, un traqueostoma, por el que tenía que respirar de por vida insuflando el aire directamente a sus pulmones, sin filtrarlo ni calentarlo, proceso que realizaría una persona normal al respirar por las fosas nasales. Llevaba un pañuelo babero ó medallón para tapar el estoma, otro estigma más en su relación social, que le había recluido en el ático de su casa. Había perdido también el sentido del gusto y el del olfato, pero eso eran síntomas menores. En el silencio de su retiro había aprendido a hablar con voz esofágica, una voz ronca con muy poco tono, extraña, de gangoso de chiste, irrisoria, usando el esófago para hacerlo, inyectando a través de él el aire que le permitiera comunicarse y emitir las palabras por el estoma, el agujero del fondo del cuello, no por la boca. Acaba de cumplir los sesenta años, y en su retiro impuesto, a veces, dudaba de si mismo, de su capacidad de volver a rehacer su vida. Aún recordaba las risas y burlas de los jovenzuelos una y otra, una y otra vez, al verle un pañuelo al cuello, al verle hablar por gestos. Llegó a comprender los chistes graciosos que hablaban del tonto del pueblo, pues eso era lo que él se sentía, eso era lo que sentía que los demás pensaban al verle pasear por la calle, el tonto del pueblo, y desde entonces optó por el olvido, por el silencio, por el enclaustramiento tras las paredes de la casa. Hacía de ello tres años. ¡¡No os metáis por entre el estanque !! gritó de nuevo desde dentro de su pecho- El estanque helado de los peces de colores, cubierto de una fina capa de hielo resquebrajadiza cubierta a su vez por otra fina de nieve que ocultaba el peligro. Había aprendido a pronunciar la t, la p, y otras consonantes, pero su voz sonaba tan repulsiva que tan solo en soledad iba moldeando sus sonidos, tan solo en soledad y frente al espejo pronunciaba aquellas palabras de horrible tono auditivo que harían reir al burlón y llorar el amigo, esos pocos que llegado el momento, le abandonaron, visitaron al principio, pero cansados, terminaron por huir de su lado, de su mal humor, de su retiro, de su vida. Y quedo condenado al olvido, al olvido. Y ahora tan solo le quedaba su hijo, y sus nietos, con los que vivía y quienes le habían acogido con todo el cariño de una familia. Vió a su hijo recogiendo leña en el jardín para la chimenea de casa. Pensó en Leonor, y se alegró que estuviese ya muerta, se alegró que no llegase a conocerle ahora, a verle, se alegró de su muerte, porque ella se había ido con el recuerdo de un hombre íntegro y sano, nunca llegaría a conocer al hombre que era ahora, le daba las gracias a la muerte por habérsela llevado y volvió a recordar sus palabras tantas veces repetidas Un día el tabaco te matará. Creyó oir, ya que su oído - según pensaba- se había agudizado, al perder los sentidos del gusto y el olfato, creyó oir el crujido de algo al resquebrajarse. Desde detrás de sus visillos, vio a su nieta resbalar sobre el hielo, los demás niños ya no estaban, se dedicaban a perseguirse al otro lado, debajo de los pinos, pero ella, jugando al escondite, había resbalado sobre la capa del hielo del estanque de los peces de colores y con el golpe al caer, esta se había empezado a agrietar y con un chasquido de cristal roto abrió sus puertas al infierno helado y la niña se introdujo en sus entrañas. El abuelo hizo gestos desesperados, abrió la ventana, palmeó, intentó llamar la atención de su hijo, que había vuelto a salir a buscar otro montoncito de leña, pero todo era inútil. No le escuchaba, no le sentía, no le intuía. Veía a su nieta, en el agua, asomando la cabezita por entre las aguas congeladas, aterida de frío, tiritando, llorando, incapaz de chillar, y veía a su hijo colocando los trozos de leña sobre la carretilla y pensó en el silbato que le regalaron, pero estaba abajo, no había tiempo, no había lugar, y entonces lo hizo , ¡Gritó! . Era un grito sin palabras, un grito sin sentido, un grito de desesperación. Pero allá abajo, su hijo le oyó, entendió ese grito, era totalmente entendible, perfectamente comprensible, su hijo le había oído pronunciar letra a letra : ¡¡¡¡ Leonor ha caído al estanque!!!! Y su hijo no necesitó mirar hacia la ventana, no necesitó ver a su padre indicando con gestos el lugar del accidente, le había entendido, era la primera vez que había vuelvo a escuchar a su padre de la misma manera que lo hacía antes de la operación, el abuelo había pronunciado por primera vez en tres años una frase humanizada, y corrió hacia el estanque como nunca lo hizo en toda su vida y el abuelo le vio meterse hasta la cintura en el agua y sacar a su hija, estrecharla contra su pecho y regresar.
Lo mejor de mi vida has sido tú, tenlo muy presente, mi princesa muerta. ¡ Lo mejor de mi vida ¡ ¿Por qué te recuerdo ahora, en la penumbra de la noche, cual si estuvieras viva? . Y dime, ¿Por qué tuviste que irte, dejándome triste, afligido, melancólico? . Mis noches son lúgubres sin ti y en mis días, vago luctuosamente por entre una muchedumbre vulgar, chabacana, manidamente insulsa, un gentío que no me dice nada, que no me habla.
Ya sin ilusiones, mi existencia camina desvariando, cual transeúnte soñoliento, divagando recuerdos, repitiendo, repitiendo, repitiendo una y otra, una y otra, una y otra vez todos mis actos, haciendo gala de un inmovilismo atrozmente ensayado ante un espejo, un actor repitiendo un papel, ese soy yo ahora, princesa, yo he sacrificado mi voluntad, mi afecto, al servicio de tu muerte.
Tu humanidad, esa benévola hospitalidad de la que altruistamente siempre evidenciaste, exhibiéndola ante el mundo que te rodeaba, esa humanidad se ha difuminado en el viento, y las cenizas, tus cenizas, esas que me fueron entregadas en una urna, esas se han esparcido, diseminadas por entre el fluir de la corriente del plácido, manso y apacible río Jordán que tú y yo conocimos. . Ese río donde fuimos dichosos hasta el éxtasis, donde bañarse significaba alcanzar la armonía de nuestros cuerpos y entendimientos, de nuestro espíritu, y donde allá un día me dijiste, cuando ya no esté, quiero vagar eternamente en estas agua , por ello, mi princesa muerta, tus cenizas, tus más intimas reliquias, flotan sempiternamente en el Jordán.
Sé que estás aquí, conmigo, danzando en derredor, cual una sílfide de beldad inenarrable, ofrendándome la mejor de tus sonrisas y sabes, yo te veo, te intuyo, vislumbro tu silueta danzarina de nínfula risueña entre las sombras de la noche, y me regalas, cuando tu ausencia se hace más atrozmente insufrible, y te suplico e imploro que vuelvas, me regalas el don de tú presencia y es el tiempo de tu ofrenda, la ofrenda de Parte de la Princesa Muerta. Cuan singular, ¿verdad, mi princesa? , que seas tú, una divinidad, quien ofrezca su dádiva a un mortal, cuando soy yo quien debiera obsequiarte con prebendas a la puerta de tu templo. Te quiero.
Sobre todo, es cuando me siento junto al río, cuando te intuyo, tú, cual náyade, divinidad femenina protectora de fuentes y de ríos, a ti te siento, con plenitud, bailando entre las ondas, al compás del devenir de la corriente, es tu presencia, mi querida princesa, y te quiero acompañar en tu devenir, me descalzo, deposito mis sandalias en la arena, entre la hierba de la ribera y te sigo en tu trasiego serpenteante; no hace frío, princesa, no temas por mí, el agua templa mi rabia de no poder poseerte, de no compartir tus anhelos, de no contemplar tu fisonomía, tu efigie de primorosa belleza, de no participar en la alegría, de no tomar parte de tus deseos. Aquí, dentro de ti, en el río, aquí eres mía para siempre.
Unos pescadores de madrugada, cuando los peces despiertan, encontraron en uno de los márgenes, en la ribera del río Jordán, unas sandalias abandonadas junto a una urna vacía .
Mi incauto Lector, ¿te has dejado llevar por la equívoca percepción de los sentidos, de la imaginación? Y creíste que la aguas del Jordán anegaron mi vida, no, ni más lejos de mi intención.
Perdí conciencia del paso del tiempo, el agua, y tus cenizas, princesa, rodeaban mi ser, mi esencia y yo te perseguía. ¡ No te marches ! . ¿Dónde vas sin mí?. ¡No me dejes sólo! ¡Te quiero, princesa!. Unicamente la llegada del ocaso me impidió seguir participando de tu compañía, seguirte en tu destino hacia el mar, en la penumbra de la noche fui incapaz de hallarte, las sombras vestían de luto tu camino y me negaban la visión de tu dicha, la oscuridad me impedía caminar entre las aguas, persiguiéndote. Mañana, al alba, volveré a buscarte, mi princesa, al alba, volveré a arrojarme a las aguas en pos de ti y te juro que he de hallarte, no importa lo lejos que el río me lleve, no importa que acabe en el mar, también en él he de sumergirme perseverando hasta encontrarte
Al regreso a la ribera del río, encontrar mis sandalias y la urna me fue inasequible, la opacidad de la noche engullía todos los objetos dándoles apariencias fantasmagóricas. Unas gotitas de agua salada se mezclaron con las de agua de dulce que resbalaban por mi piel. Jamás he llorado por una mujer, princesa, jamás hasta hoy.
En mi paseo vespertino vislumbre unos pescadores en la orilla y me senté a su lado a contemplarles, el más joven me llamó y me habló : Estos objetos son los que está buscando, no busque más, no la busque a ella en el río, ella está aquí y aquí , dijo entregándome mis sandalias y la urna y señalándome con su brazo extendido y unidos los dedos de las manos el borde de mi sien y el centro de mi pecho. Le di las gracias por su enseñanza, por el significado de aquel gesto, ella estaba en mis pensamientos y en mi corazón, en mi alma, en mi interior
Esa tarde regresé y dejé de buscarte. Te había encontrado. No estabas perdida en el río Jordán. Siempre has estado y estarás conmigo, siempre has estado y estarás donde yo esté, mi princesa.
Reseñas bibliográficas inspiradoras del relato : -La historia se inicio inspirada en Edgar Alan Poe, al leer su relato , el cuervo, y la añoranza por Leonora, en mi relato hay una añoranza por otra mujer que ha muerto. -Lo de esparcir las cenizas es influencia del libro Vivir del Viento, de Alberto Vazquez-Figueroa, donde el protagonista arroja la urna con las cenizas de su mujer a la lava de un volcán. -De parte de la princesa muerta esta prestado del título de un libro, de MOURAD,KENIZE. -Nínfula : término recordado de Lolita : de Nabokov, Vladimir y por extensión, náyade.
Habitando en el espacio del ensueño donde los duendes juegan a ser sinceros, la mujer gris que se confunde con la multitud, pasea indiferente al jolgorio del día festivo, a los murmullos que se elevan por encima de las fachadas. Su rostro es de princesa de cuento de hadas, su andar es cansino, su mente no está paseando por las calles bulliciosas de la ciudad, sino por el puente que vuela sobre el camino de piedras y que cruzan como dos serpientes sin fin las negras vías de hierro fundido sobre las que trotan los trenes que atraviesan los páramos de la soledad. Una mancha negro morada desdibuja su rostro, justo donde unas gafas de sol pretenden ocultarla. - Tropecé, me caí y me golpeé con el borde de la mesa Le dijo al doctor cuando fue a visitarle. El trasiego mundanal del gentío había ido bajando en intensidad, las calles más solitarias desfilaban a su encuentro y allá a lo lejos, la rampa ascendente, moderna, del puente nuevo le estaba llamando. Apoyó su mano en la barandilla y tristemente eligió las escaleras frente a rampa, mientras subía miraba los peldaños y un ligero mareo le sobrevino con la altura.
No podría hacerlo.
Si era consciente de ser capaz de desmayarse allí, sobre los peldaños del puente nuevo. ¿Qué haría al llegar arriba? . Nada. Entrecruzó los dedos a través de los alambres de la protección anti-caídas del puente, mirando al infinito, mirando hacia su futuro interrumpido por la maldita y estúpida afición del hombre a transformar los sitios peligrosos en lugares seguros. Si fuese un hombre, tal vez podría escalar aquella barrera y subir a lo alto, pero no se consideraba con fuerzas, ni tan vulgar para romperse los dedos entre aquellas figuras romboidales de alambres que le impedían incluso la visión real de la lejanía. Al bajar por el otro lado. lo hizo por la rampa, no quería volver a sentir las nauseas de una nueva debilidad, de un nuevo mareo incipiente que le debilitaran en su propósito irreductible. Los patios de las casas rezumaban soledad desde las alturas, incluso el patio de la terraza interior de la remodelada cafetería aparecía vacía, más al doblar la esquina, tres hombres semi-borrachos la miraron con lujuria y compasión. Cruzó la carretera, anduvo por entre calles amplias con parques de arena y de nuevo vio el puente. El puente viejo. Sin escaleras. Sólo Rampa ascendente hacia el firmamento, hacia las golondrinas que bailaban tras los mosquitos, hacia las nubes. Subió despacio, se acomodó sobre la barandilla, allá en lo alto, en medio del puente viejo, se quitó las gafas de sol, en sus ojos tan lindos asomaron lágrimas, el viento meció levemente su pelo y se llevó las gotitas de mar salada de su blanquecino rostro hacia el abismo de allá abajo. Miró muy lánguidamente a izquierda y derecha, nadie, sólo las voces de unos niños jugando con un balón en la lejanía. Y luego un silbido que cortaba el aire, una gotita minúscula en el frente, que se acercaba, se acercaba, se iba haciendo más y más perceptible. Nadie había en el puente con ella, y a lo lejos el tren se acercaba, no había alambradas, sólo un pasamanos a media altura, que le llegaba por encima de la cintura. Un pitido del tren la sacó de su ensimismamiento, ¿Por qué diablos pitaría? . Ya se le veía enorme, como un dragón de larga cola, como un animal que quería atrapar entre sus fauces cualquier pesadilla, tragarse cualquier instante de una vida de recuerdos. Lanzó sus gafas de sol a la vía, al abismo. El tren pasó sobre ellas sin tocarlas. Allá abajo estaban, confundidas con las rocas, indistinguibles. Pero para ella ya no estaban. Todo había terminado. Había dicho no. No a su silencio. Ahora mostraría su rostro y volvería para pedir que pusiesen protección anti-caidas en el puente viejo y también en su vida.
El misterio se escondía tras de sus cerrados párpados pintarrajeados de fresa del bosque, un bosque vestido de níscalos en rodales, en corros de brujas, hongos anaranjados que surgían tras las lluvias otoñales y eran su néctar preferido, naranja y fresa, fresa y naranja, el fresa de sus párpados y el naranja de sus níscalos.
Y ella sabía donde buscarlos, allá donde las brujas jugaban a formar corros, corros de brujas.
Indiferente a las palabras, a las recomendaciones, a los consejos un consejo no pedido es en si un acto de hostilidad -, a las leyendas que hablaban de desaparecidos y maldiciones, de Trasgos y Gnomos, de Trolls y brujas, de nigromantes y arpías, de engendros de la noche, ella, en su inercia inocente de alma afligida, de corazón roto y engañado, de ser errante que no busca nada, que anhela vagar eternamente en el limbo, en el purgatorio de almas imperfectas, quebradas por el amor, por la traición, por la más vil y rastrera perfidia, por la alevosa infidelidad de aquel cuyo nombre juraría no volver a pronunciar, ella, haciendo caso omiso de las patrañas y mitos del bosque que corrían de boca en boca, quiso perderse para siempre entre sus entrañas, quedar olvidada en el entresijo de brumas y oscuridad.
No importaba a donde llegar, tan sólo partir, huir, zafarse de su presente de humillaciones y olvidarle, condenarle al abandono a perpetuidad, al destierro y paradójicamente era ella la desterrada, la que se convertiría en proscrita por una sinrazón, una maldita conjura de sentimientos encontrados, heridos, gobernados por las pasiones del desengaño, de la lujuria y el pecado.
Se había pintado los párpados de fresa para su cita, vestido con los mejores ropajes, calzado su mejor sonrisa en los labios y peinado su ansia rebelde con fragancias de rosas y sin embargo él se hallaba bajo los efluvios de seducción de otra ninfa de pletórica hermosura, de una arpía lujuriosa con instintos de diablesa. Y quiso el fatal destino que la opacidad y el secretismo con que se llevaba a cabo aquella injuria, aquel agravio, de aquellos dos seres, retozando, copulando, revolcando sus ansias carnales, se mostrase cristalino y diáfano ante la mujer de párpados pintarrajeados de fresa que en aquel instante les contemplaba con hastío y estupor.. Su rostro se expandió cual universo al verles hacer el amor, sus ojos a punto de salir de sus órbitas cual planeta, su boca abierta en un grito que no salía, que tan sólo escuchó su interior, sus manos cerradas en puño, clavándose las uñas en la palma hasta hacerlas sangrar, el fresa de sus párpados se tornó sangre que corría cegándola y allá, ella supo entonces que sus ilusiones se habían roto.
¡¡ Los mataría a los dos ¡¡ .
A él por haberle jurado, por haberle hecho una promesa de amor. A ella por haberla entregado el reconocimiento de la amistad eterna.
No hay traición más indigna e injusta. Las dos personas en quien más confiaba, a quien más amaba, con quienes había compartido su vida entre risas y chanzas, habían cometido la peor de las villanías. Ahora sólo quería huir, olvidar, buscar la amnesia de los hechos, dormir para siempre en el bosque de los recuerdos perdidos, no perdonar, no disculpas, nada. En lo intrincado del bosque maldito sintió miedo, huesos helados tiritando, perdidos. Noche oscura sin luna. Ulular del cárabo. Crujido de ramas bajo las pisadas sin rumbo, ateridas de frío. Temblores en la madrugada. Desesperación e impotencia. Resignación. Cansancio infinito del cuerpo, dolor del alma. Terror en la noche.
Apoyose contra el rugoso tronco de un haya, temblando, sin remordimientos y se dejó caer suavemente, apoyando su espalda, hasta quedar sentada, luego reclinó las rodillas y las abrazó con sus brazos, como solía hacer con aquel a quien tanto había amado, apoyó su cabeza contra las mismas hundiéndose entre un mar de lágrimas que arañaban su mejilla. Cuando su llanto cesó, una tibia sensación de bienestar le hizo alzar sus ojos y un agradable chisporroteo de luces y cálidos naranjas le sorprendió. Alguien le dio la mano, amigable, sincera, y dejó de temblar, escuchó más voces y sonrió. Si, eran ellas, las brujas del bosque, formando un corro, corro de brujas en torno a una hoguera. Se enjuagó las lágrimas con el dorso de la mano y al mirárselas contempló que eran del color de la fresa, del color de sus párpados pintarrajeados.
Desde la cima, a lo lejos podía ver las luces de una ciudad, extendiéndose en puntitos agrupados cual teselas de un mosaico, a lo lejos, no más de seis u ocho kilómetros. Se preguntó, sin mucho interés, que pueblo sería aquel, aún tenía por delante bastante distancia que recorrer para llegar a su destino final, unas tres horas, calculó. Su vehículo dio un tirón, hizo un ruido extraño, luego otro tirón y otro más, y lentamente fue atemperando su velocidad, el motor dejó de hacer ruido y ya tan solo se movía a impulsos de la pendiente.
- ¡Mierda! , ¡Joder!, ¿Qué coño te pasa?- Se explayó furioso y cabreado el conductor contra su automóvil, golpeando contra el volante, mientras intentaba una y otra vez arrancarlo, girando la llave de contacto a la desesperada, a la vez que pisaba de forma enérgica el acelerador- No me hagas esto, ahora no, por favor, por favor ¡Arranca de una puñetera vez!.
Cansado de intentarlo, se apeó, levantó el capó y miró dentro, guiado por un acto reflejo, como si con mirar lo fuese a arreglar, él, que no tenía ni la más remota idea de mecánica. La luz de la luna nueva apenas le dejaba distinguir la masa amorfa del motor. Lo dejó por imposible. A su nula capacidad de mecánica se unía la oscuridad. Pensó en el peligro que suponía su coche en medio del camino y a favor de la pendiente, lo ladeó, apartándolo de la senda, luego caviló que no había sido buena idea tomar el atajo, no había visto ningún vehículo desde hacía una hora. Ni siquiera intentó usar el teléfono móvil, el día anterior se había quedado sin batería y se le olvidó recargarlo al salir.
- Bueno, ¿Y ahora que hacemos?. ¿Qué haría James Bond? rió para sus adentros la ocurrencia, a pesar del fiasco se sentía de buen humor Pues a esperar que pase algún vehículo o que se haga de día.
Al mirar hacia atrás, observó una luz en la lejanía, no debería de estar a más de dos kilómetros. Por intentarlo que no quede. De todas maneras, por aquel camino no iba a pasar ni un puto coche. Un caminito secundario torcía a la izquierda y ni corto ni perezoso allá se aventuró. La luna nueva proyectaba sombras en la oscuridad, el silencio era tétrico, oía sus propios pasos sobre la arena y el ulular del viento. Los grillos habían dejado de oírse. Un escalofrío recorrió su cuerpo en la serena y templada noche de verano. En otras circunstancias hasta hubiese sido hasta agradaba pasear con compañía, con su mujer agarrada del brazo, por aquel caminito solitario a luz de la luna, romántico inclusive. No sabía cuanto tiempo había estado andando, ahora el caminito se ensanchaba y sus ojos distinguían una masa grisácea alargada que se transformó en un muro, y detrás del mismo unos árboles cilíndrico-cónicos que parecían querer hacerle cosquillas a las estrellas y que proyectaban fantasmagóricas sombras a la luz de la luna. Era a todas luces un cementerio. La luz de unos faroles se proyectaba sobre el muro, colgando del mismo, frente a la cancela de hierro forjado de la entrada. Se acercó, miró hacia dentro, y a la luz de la luna distinguió un camino de baldosas que terminaba en una casita, al fondo, de donde irradiaban luces a través de las ventanas.
-Puede que hasta tenga suerte- se alegró momentáneamente con sus pensamientos- quizá el enterrador ó algún guarda del cementerio vivan aquí y tengan teléfono ó me puedan ayudar. Apoyó su mano contra la manija de la puerta, sintió un calambre, la giró y empujó hacia dentro la verja, está cedió bajo un chirrido que le hizo castañetear los dientes. Una bandada de pájaros desconocidos emprendió el vuelo y su silueta se reflejó en la luna nueva. Una lechuza emitió un chillido. Después, de nuevo el silencio. La hoja de la puerta de hierro forjado había dejado un amplio hueco por el cabrían dos personas, no siguió empujando, y penetró en el campo santo. A izquierda y derecha, caminitos de adoquines se perdían entre nichos, tumbas y cipreses. Nunca le habían impresionado los cementerios, al contrario, le parecían lugares hermosos, tranquilos, silenciosos, un oasis en medio del bullicio de la ciudad, lo único que le deprimía no era el lugar en si, sino las gentes que los visitaban, sus tristezas y lágrimas, eso si era lo que le ponía enfermo, pero un cementerio vacío no le imponía, no le asustaba. No había más que cuerpos sin vida, muertos, carne en putrefacción y huesos. No creía en paparruchas de fantasmas, espíritus, ni cosas de esas, siempre le habían traído al fresco, cuando uno se muere, se muere y ya está, sin más.
Tomó la senda principal que conducía hacia la casa, flanqueado por nichos de tres pisos, llenos de flores, unas de plástico, otras naturales, embutidos en jarrones, en vasos o en racimos sueltos, y velas encendidas que casi permitían ver como si fuese de día. Miró su reloj, pasaba media hora de la media noche, no era tarde aún, él ó los habitantes de aquella casa debían de estar aún despiertos. A pesar de su ateísmo, rezaba, más bien rogaba, que realmente hubiese alguien viviendo allí con teléfono y a todas luces parecía plausible. Al pasar debajo de un pino centenario, sus pies pisaron las secas acículas y un ruido de mil pares de narices retumbó entre las paredes, se asustó, tropezó en la oscuridad con una de las raíces del árbol que sobresalía por encima de las baldosas y a poco da con sus huesos en el suelo a no ser que se agarró a una gran cruz de piedra que ostentaba la cabecera de una sepultura abierta, vacía, a cuyo lado izquierdo se intuía un montículo de tierra de reciente extracción y al derecho una lápida, con borrosas palabras, indistinguibles a la luz de la luna desde su posición erguida. Tembló ante el hecho de haber podido caer en aquel agujero negro, en aquella tumba vacía abierta, en la cual no se veía el fondo en la oscuridad de la noche. Hubiera sido mala suerte también. Ya hubiese sido el colmo de las desgracias, haber caído por aquel hoyo y haberse roto la crisma. De pensarlo, unas gotas de sudor le cayeron por la frente, pero él interpretó que eran debido a la larga y cansina caminata que se había dado. Debía ir con más cuidado. La casita estaba justo unos cuantos pasos más allá, filtrándose la luz a través de las cortinillas de las ventanas. Creyó oír voces. Una radio, un televisor quizá.
Estaba salvado.
Cuando puso sus pies sobre el primer escalón, la puerta de la casa se abrió y un rectángulo de luz se proyectó sobre el exterior anegándolo todo de destellos. Retrocedió asustado, como si le hubiesen pinchado con un alfiler, y de un salto hacia atrás descendió el escalón, intimidado por aquel resplandor que le cegaba y sin embargo no podía apartar sus ojos de la luz, de la puerta abierta, en la que una sombra, como un espectro, no creía en esas cosas, se había materializado en el umbral. Se tranquilizó casi al instante, una vez pasado el susto inicial ante aquella sorpresa no esperada, y sin apenas distinguir más que un bulto en la entrada empezó a hablar.
-Discúlpeme que le moleste, mi coche ha quedado averiado cerca de aquí y me preguntaba si ustedes podrían ayudarme, ¿tienen teléfono? ¿Podría realizar una llamada? preguntó a la figura aun indistinguible que se erguía al contraluz, sobre el marco de la puerta- no les entretendré, sólo avisar a mi compañía de seguro, que manden una grúa para acercarme a mi y al coche a la ciudad. Una voz le contestó. Si no fuese tan condenadamente ateo, hubiese jurado que venía de ultratumba, una voz de esas como las que les ponen en las películas a las momias cuando resucitan ó a los fantasmas, una voz ronca y queda, que parecía provenir de todos de los lados, menos de donde se presuponía que venía.
- Todo está preparado para recibirte, pero todavía no es la hora, has llegado demasiado pronto.
No entendió nada, absolutamente nada. Tartamudeando, empezó a repetir las mismas palabras anteriores, pidiendo ayuda, solicitando un teléfono. No pudo apenas continuar. Escuchó unos ladridos fuertes, repetitivos, atroces, que le retumbaron en los oídos y vislumbró una figura oscura, ágil y estilizada que se movía entre la luz, velozmente, emitiendo ladridos rabiosos. No necesitaba verlo para saber que era aquello y empezó a correr, huyendo despavorido, los muertos no le daban miedo, pero los perros si, les tenía pánico desde que un doberman casi le arranca un brazo, esta vez sí estaba asustado ante un peligro tangible y tan real y al huir, olvidó la raíz del pino, con la que tropezó nuevamente, cayendo al suelo y golpeándose la rodilla contra la lápida de la tumba abierta, lastimándosela, sintió un dolor tan agudo que por unos instante creyó haber perdido el sentido, el conocimiento, su alarido se confundió con los ladridos, se reverberó propagándose por toda la necrópolis, permaneció allí tumbado, agarrado a la lápida, contusionado, sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad e instintivamente, como un acto reflejo, leyó la inscripción de aquella piedra que tenía a pocos centímetros de sus ojos.
¡Su nombre estaba allí escrito! ¡Y su fecha de nacimiento! Y una inscripción que decía: Tu adorada esposa Cristina y tus hijos Juan y Luis nunca te olvidarán. ¡Eran los nombres de su mujer y los de sus hijos! Todo aquello estaba grabado con letras doradas sobre aquella lápida. Se olvidó del perro, se olvidó de la figura al contraluz de la casa, se olvidó del dolor que sentía y moviéndose a un lado buscó como un poseso la fecha que se suponía sería la del fallecimiento y que su cuerpo tapaba. ¡Era hoy¡ ¡La fecha del fallecimiento era la fecha de hoy! Ya era después de medianoche. Antes de perder por completo el sentido, recordó las palabras de aquella sombra, fuese lo que fuese : Todo está preparado para recibirte, pero todavía no es la hora, has llegado demasiado pronto.
Cuando despertó, dentro de su coche, estacionado en la orilla, la oscuridad seguía rodeándolo y un sudor frío le recorría todo el cuerpo.
- ¡Que sueño tan real! arguyó en voz alta para si mismo, todavía temblando, se pasó la mano por la rodilla, no había ninguna herida - Uf, joder, no puedo olvidarlo, a pesar de que sé que tan solo es un jodido sueño. ¿Cuánto tiempo habré estado dormido? . Miró su reloj, tan sólo era la una, ni media hora siquiera había transcurrido, se había quedado traspuesto, una cabezadita y un horrible sueño y ni un solo coche había pasado, algo cansado, salió al exterior a estirar las piernas y en la lejanía vio una luz que no recordaba haber visto antes, justo en el mismo lugar que aparecía en su sueño. Sintió un pinchazo a la altura del pecho, a la altura del corazón, algo le roía por dentro, le molestaba, hurgó entre los intersticios de su camisa, la desabotonó y con asombro extrajo unas acículas de pino.
Ella recuerda sus años pasados, sus locuras cometidas en nombre de la paz, su amor compartido libremente, su libre albedrío de elección, recuerda con anhelo, con deseo y con pasión, a su mente le llegan las palabras escritas por Teresa:
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo. No vivas de fotos amarillas
Su álbum aún no tiene los años suficientes para amarillear, pero cuando contempla las fotografías del pasado y mirándose al espejo en el presente, intuye que el brillo de sus ojos ha perdido resolución, que la expresión de su cara ha perdido ilusiones y ganas, que su piel está más ajada y deteriorada, deslucida, sus cabellos están domados y llenos de tintes, mientras en el álbum son indómitos, revueltos, desgreñados, rebeldes y naturales. Y ella, algún día perdido del calendario, pero un día importante en el devenir de la historia social, extrañando lo que hacía, baja a la calle y vuelve a hacerlo, grita en grupo, en multitud, grita pidiendo la paz. Juventud apasionada y sentida, de noches de luna y estrellas, de vino, de cerveza, de drogas blandas, de amor y pacifismo, de gritos exaltados en contra de la guerra, en contra de la violencia, en contra de la degradación del ser humano, en contra de la superioridad de raza, a favor de las relaciones personales intensas y emotivas, el compartir lo que no se tiene, el rechazar lo que hace daño y afea, el rechazo al autoritarismo, al poder, a las armas. Adiós a las Armas, Adiós. Hola a la Paz, Hola. Buen día al Amor, Buen día.
Y lancemos palomas blancas con ramas de olivo en el pico, que al batir las alas desvíen las balas y dispersen en el aire la pólvora, y la no dispersa se use en fuegos artificiales en las noches de fiestas alrededor de los campamentos. Y ella mostraba su cuerpo desnudo al sol, cuerpos desnudos al sol, libres, voluntariosos, indiferentes a las miradas, ebrios de placer y sentimientos. Amor libre, indecoroso a ojos foráneos, advenedizos, siendo ellos para el resto del mundo que se llamaba a si mismo civilizado, eso, advenedizos, intrusos, colonos establecidos en campos de nadie, sin empleo ni oficio digno ni conocido, dedicados a la lujuria y la promiscuidad, unos vagos perezosos gandules remolones, unos golfos holgazanes viviendo del cuento. Y ellos, desnudos al sol, luchando contra el mundo intransigente e intolerante, retoman su espíritu de solidaridad y pureza, una pureza de especie, no de raza, un mestizaje humano, su fuerza de sentimientos compartidos ante la adversidad y nuevamente, ante el muro de voces discordantes, encuentran las palabras de Teresa:
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña
Ese espíritu de libertad,- libertinaje dirán los otros- , de cohesión, barre toda la suciedad, derriba todos los muros, esa unión que hace la fuerza y esas manos unidas clamando lo que es justo. Ella recuerda, que a pesar de los años transcurridos, aún participa, a su modo, de aquel campamento, de aquellos recuerdos del pasado, cuando forma parte, en el presente, en su presente, de las manifestaciones multitudinarias a favor de la paz, o levanta las manos pintadas de blanco hacia el cielo por el fin de un atroz y humillante inhumano acto de fanáticos descerebrados. Y recuerda el final de aquella etapa de su juventud, aquella forma de vivir se fue transformando pausadamente, y el primer indicio de cambio llegó el día que supo que iba a ser madre y debía afrontar el hecho de llevar una vida dentro, ser responsable de ella y ese fue el principio del fin, y su primera decisión de ruptura llegó con el hecho de cambiar sus hábitos alimenticios, ella, vegetariana convencida, opuesta a todo sacrificio animal, defensora acérrima del mundo animal, supo que debería aportar a su hijo proteínas animales y poco a poco, la carne entró a regañadientes a formar parte de su dieta, pero sabía que lo hacía por una causa noble y justa, su hijo, ninguna más noble y justa que esa para romper sus principios.
Cuando su propio compañero sentimental conoció la noticia, organizaron en el campamento unas jornadas de vino y rosas, de guitarras y palmas, de canutos y danzas, de abrazos y besos. Todos, en torno a una hoguera gigantesca, mayor que sus propias tiendas de campaña, cantaron y bailaron la danza india de la lluvia, sin propósito, sin intención, sin pedir lluvia y gritaron la enhorabuena y la dicha durante un par de días, en los cuales, los festejos se prolongaron más allá del amanecer. Después, las proteínas animales formaron parte de su dieta, y aquello empezó a desterrarla del grupo, nunca jamás forzada por ellos, sino por su propia voluntad, por su propio deseo de un cambio, una fase nueva de un ciclo, que era su vida, se abría ante sus ojos y atrás quedaba un recuerdo vivido con ansias y deseos, su fuerza de convicción estaba arraigada en ella, y de nuevo Teresa volvía para decirle:
Sigue aunque todos esperen que abandones.
Sabía lo que su hijo necesitaba, tal vez para ella fuera suficiente con asimilar proteínas vegetales, o de pescado, - al que no consideraba carne animal, sino pescado, simplemente- , pero su hijo, estaba convencida, y reconvenida por un médico amigo, para nacer sano y fuerte necesitaba alimentos de origen animal.
Y el destierro del grupo, del campamento, se fue paulatinamente forjando. Los lazos de unión se fueron desatando, una nueva etapa empezaba y ella fue la desencadenante de una huida precipitada en un movimiento que a posteriori también se desintegró cual terrón de azucarillo en el café, y el campamento, desapareció de la misma forma que se formó, sin hacer mucho ruido, sutilmente, pero dejando recuerdos imborrables en cientos, en miles de almas inconformistas, que no miraban hacia atrás, sino adelante, y que leían las palabras escritas de Teresa:
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida. Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Y esas palabras daban alas a su vida, y la iba llena de desafíos, el futuro era un desafío en si mismo, el pasado fue un logro y el presente era un sentirse viva.
Bueno, este relato acaba de participar en un concurso con otros 20, y ha quedado el tercero, si, si, ni más ni menos que el tercero, empatado con el segundo, así que creo que merece la pena que lo leáis.
Ah, se me olvidaba, que despistado que soy ...
... por la cola. ¡El tercero empatado con el segundo, empezando por la cola!. Con tres míseros puntos, cuando el ganador ha sacado cincuenta y tantos. Snif, snif, snif. bua, bua, bua.
Hago un hincapié. Es que pues ... veréis ... resulta que los participantes en el concurso se votaban entre si y claro, pues está claro, para no restarse puntos a ellos y así ganar, -pues no se podían votar a si mismos-, en vez de votar a los relatos que más les gustaban, pues votaban a los que menos les gustaban, y por eso, este ha quedado en esa posición. Juas. En fin. De algo hay que consolarse, ¿no?.
El reloj de carillón
En tiempo inmemorial, ese tiempo antiguo no fijado de forma fehaciente por legajos, ni documento alguno, ni aun por los testigos más ancianos, - si es que acaso en algún instante existiese -, sobre el monte del Olimpo, los dioses griegos jugaban a ser mitología, observando el devenir de unas insignificantes criaturas dedicadas a poblar un espacio efímero del orbe.
Cronos, el Dios grecolatino del Tiempo, que a través de los ojos de los relojes de péndulo escudriñaba el acaecer de los mortales, contempló intrigado una escena enigmática. Alguien le invocaba, le rememoraba a través del espacio, le adulaba con lisonjas, y él, presuntuoso, vanidoso, deseoso de ser halagado se detuvo a observar.
Una mujer de singular figura, austera y sentimental, leía en un libro, cómica y tiernamente, el pasaje donde el Sombrerero le contaba a Alicia que si fuese amiga del Tiempo podría hacer lo que quisiera .. pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj
- He querido, he deseado por un momento... Murmuro en un susurro, y una lágrima humedeció sus párpados. - ...ser amiga del Tiempo y demandarle una máquina con la cual poder volar hacia mis recuerdos del pasado, hacía mi vida perdida en la edad !
Yo construiré para ti esa máquina -Sonrió Cronos con melancolía y compasión desde su observatorio- Pobre criatura solitaria, errante y triste ¿Por qué me inspira sentimientos de amor y dulzura? . Acaso tan solo Afrodita la alcance en belleza.
Y ella levantó la vista del libro hacia el reloj de carillón, creyendo haber oído. El cajetín estaba abierto y le invitaba a entrar, ella anhelaba su pasado, su juventud perdida, las risas, las locuras, la capacidad de asombro, el descubrir el enigma de las verdades ocultas, la sensación eufórica del primer beso y del primer acto de amor y cuando Cronos le ofreció el viaje dijo si. No le importaba ser el conejillo de indias de la máquina del tiempo, la cual consistía en extraer recuerdos vividos y pasados de su mente y recrearlos otra vez como una pieza de teatro, pero ¿Se estaría volviendo loca? ¿Estaría soñando como Alicia?.
Se introdujo en el reloj de pared, y en la oscuridad dos ojos rutilantes la miraban, y oyó dentro una voz que le aseveraba:
- Tú me has tratado como a un antiguo amigo, con franqueza cordial, y por ello tendrás tu deseo, este es mi regalo, es una máquina del tiempo, sólo cógete de mi mano y volaremos al lugar y tiempo de tu ensueño.
Se dejó llevar, algo tan quimérico era demasiado absurdo para no ser real, si había enloquecido, era una locura mágica e iba a vivirla, no importase lo embrujada que fuese. Sintió la caricia de unas manos abandonadas sobre las suyas, un palpitar de otro cuerpo y un estremecimiento ajeno, e intuyó el deseo, un sentimiento que no confundiría con nada, proviniese de un mortal ó de un Dios, el sentimiento ajeno y amoroso de un hombre.
¡Cronos se había enamorado!
Y ella deseó volver a tener veinte años, al amor de antaño, a ese atardecer de verano en la costa, en las cumbres, y el Dios del Tiempo allá la llevó. Allí estaba ahora, caminando por el borde del abismo, sobre un mar anchuroso que removía sus pequeñas ondas a cien metros de profundidad; asido al talle del joven más romántico y dulce que jamás conociese. Había escogido el lugar y el tiempo del pasado en que su vida perdió el rumbo, el sentido, el instante anterior al vuelo hacia la nada, pues ella, inocente e ingenua, creyó poder cambiar el rumbo del destino. Fue ahí delante, unos metros más allá, donde el cuerpo se precipitó a la negrura azulada y asesina de las rocas del acantilado y ahora ella estaba allí de nuevo y lo impediría, no le iba a dejar caer. Le detuvo. Se besaron con pasión mientras la fresca brisa salada le atusaba los cabellos. Le obligó a volver, a regresar, a no seguir más allá, abrazándolo con ansiedad, rayando el paroxismo de la histeria. No lo volvería a perder por segunda vez.
Y entonces sintió como sus brazos dejaban de abrazar, sintió una fuerza impetuosa y brusca que les separaba y volvió a ver los ojos rutilantes del reloj de pared y al Tiempo hecho brisa que revoloteaba alejándolos e intuyó unas manos que empujaban un cuerpo al abismo y un grito y sus lágrimas de impotencia y de nuevo la brisa jugando con su pelo y sintió la caricia de las manos de Cronos sobre su rostro, y ella palmeó el aire, intentando arrancar aquella pesadilla hecha áurea sobre su faz y sintiose cómplice culpable de aquel crimen.
- ¡Tú le mataste ¡ - gritó sollozando al vacío- ¡Tú le has matado¡ . ¿Por qué ? . y recordó la sensación, el estremecimiento amoroso del dios del Tiempo y lo entendió todo. Por celos, por amor.
- Si no te hubiese conocido, él quizá seguiría vivo ya que tú eres su asesino. Quiero quiero regresar al futuro inmediato, a ese instante anterior a mi deseo de ser tu amiga, a ese instante en que el reloj de pared aun no era nada mas que un simple reloj y tú aun no existías. ¡Maldito seas! .
Sintió la caricia de unas invisibles manos temblorosas sobre las suyas, unas manos de un Dios que sabía que había perdido la amistad de aquella mujer para siempre, el amor que nunca le daría y a cambio había ganado su odio y su rencor infinitos.
Cronos, por deseo de ella, la regresó al presente y
- ¿Por qué estás destrozando el reloj, cariño? le preguntó confundido el hombre con el cual caminara un día, juntos, por el borde del abismo- - Porque no quiero que el Tiempo te arrebate de mi lado.
Tenía dos pasiones. Azul, Blanca y Rosa. Las motos y las mujeres, y no precisamente por este orden. Blanca, Rosa y Azul. Tenía una mujer que le quería y otra a la quería él. Rosa, Blanca y Azul.
Decía que podía ir de Huelva a Girona ó de Almería a A Coruña, por caminos, trochas, rodadas y sendas, sin tomar ninguna ruta de asfalto, salvo para repostar combustible para la moto ó para él. . Se había casado con Blanca cuando contaba apenas dieciocho años y ahora tenía veinticinco. Estaba enamorado de Rosa desde hacía cinco meses, de forma apasionada y arrebatadora. Su esposa era Blanca y su amante Rosa.
Su moto, con la que practicaba sus entrenamiento y sus pruebas, preparatorias para su sexto campeonato de España de enduro, era de color Azul, y la gente del circuito motero le habían apodado la Ardilla Azul, por similitud - a sus continuas retóricas en atravesar España usando solo caminos sin asfaltar - con la de la leyenda aquella que narra como una ardilla era capaz de cruzar el país de Norte a Sur, sin descender de los árboles.
La amante, Rosa, era la mujer perfecta en todo, belleza, inteligencia, simpatía, carisma, don de gentes, y ello le había servido para hacerse estimada y respetada, muy popular, hasta el extremo de haber conquistado el mundo del celuloide por su talento, alegría y espontaneidad, una estrella del cine nacional, en ciernes de dar el salto para cruzar el charco y conquistar Hollywood.
La Ardilla Azul decía que era imposible que los del SERPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) le pillasen alguna vez, y para aseverar esto, cuando circulaba por cañadas reales ó caminos prohibidos a su moto, destornillaba la placa de la matrícula y la guardaba a reguardo de la posible vista de los del SERPRONA, porque decía que pillarle, persiguiéndole, nunca lo harían, con esos hierros de motos que se gastaba la guardia civil. Y si en alguna rara ocasión le parasen en una emboscada, pillándole infraganti, en una senda prohibida y no pudiese huir, simplemente argumentaba que el tornillo que sujetaba la matrícula había saltado y para no perder la placa, la había guardado. Aunque esto no le librara de la sanción, al menos no la incrementaría.
Blanca, la esposa, era una mujer enamorada, cariñosa, dulce, sencilla, enfermera de una clínica privada, sin más pretensiones ni aspavientos que vivir el día al día y viajar siempre que le era posible, acompañando a su marido cuando este disputaba competiciones lejos de casa.
Azul conoció a su amante, Rosa, después de la prueba de los Seis Días Internacionales (ISDT, International Six Days Trial), aquella prueba que le encumbró al éxito del reducido circo motero del enduro, al resultar vencedor, y gracias a la cual, le ofrecieron un acuerdo para rodar un spot publicitario para una marca de motocicletas; realmente más que rodar el spot, su trabajo consistía en enseñar a Rosa a mantenerse de pié en una moto, y él, solo -esta vez sin la compañía de Blanca por motivos laborales- y lejos de casa, se dejo llevar por el encanto y atractivo de aquella mujer, con la que empezó a vivir un romance intensamente apasionado, irresistible.
Ese romance supuso el primer y único deterioro en las relaciones entre Blanca y Azul. Las mujeres, por naturaleza, suelen darse cuenta de estas cosas, y Blanca lo hizo. Azul había cambiado, no era el mismo, estaba taciturno con ella, ausente, culpable e intuyó que algo pasaba y no le fue muy difícil averiguar que había una segunda mujer. A pesar de que eso le hizo mucho daño, se propuso que ella lucharía lo indecible por no perderle.
Estaba enamorada de él como el primer día.
Empezaron las peleas y los enfados. Azul estaba atrapado entre dos mujeres, igual que Richard Gere en su película, entre dos mujeres que veían la vida de forma diferente, entre el cariño y la pasión, entre la serenidad y la belleza, entre el amor y el delirio, entre la candidez y el frenesí, en fin, entre el calor del hogar y el fuego idolatrado. Su intento de buscar la felicidad estaba haciendo mucho daño a otras personas.
Y llegó un día en que debió decidir.
La amante, Rosa, le dijo a Azul que su representante le había conseguido un maravilloso contrato por un año en Norteamérica, en una exitosa serie de televisión, y no podía renunciar a la mejor oportunidad de su vida. Partiría hacía los Estados Unidos en tres semanas. Le dijo a Azul que quería que le acompañase.
Y él no supo que hacer, no lo supo hasta el último día, porque tenía miedo y se sentía confuso, errático, dubitativo. Durante esas tres semanas, permaneció mas tiempo sobre su moto, -perdido en el campo, para no meditar, para no pensar, alejado de todo- que con sus dos mujeres.
Pero el último día lo supo, y decidió seguir a Rosa.
Y fue cobarde y no pudo decirle nada a Blanca, su mujer, cara a cara, no podía mirarla a los ojos y decirle que la abandonaba .
Montó en su moto, y camino del aeropuerto, pensó en Blanca, no podía irse sin decirle nada, paró en una gasolinera de carretera, donde compró un sobre y le escribió una carta, una carta de despedida y de perdón, en ella le decía que no podían seguir juntos y que se marchaba a Norteamérica con Rosa, de la que estaba enamorada. Guardó la carta en su mochila y partió en su moto hacia el aeropuerto esperando encontrar un estanco para comprar un sello y un buzón de correos.
Un conductor borracho le arrolló antes de que pudiera echar la carta al correo, la cual se perdió en el olvido para siempre.
Hoy, Blanca y Azul, viven juntos en otra ciudad, él, tetrapléjico, en silla de ruedas, forma parte de un proyecto de investigación sobre un ensayo clínico del Hospital nacional de parapléjicos de Toledo, ella logró una plaza como personal sanitario en dicho hospital, donde forma parte como ayudante fisioterapeuta del equipo de investigación.
Rosa partió hacia América, donde encontró fama y gloria y nunca se preocupó, pasados los primeros días de enojo y frustración, de la vida o muerte de Azul. Y de tarde en tarde, Blanca y Azul contemplaban en la pequeña pantalla y en las revistas del corazón los affaire de la futura diva del celuloide.
Parte del relato está basado en la película Entre dos mujeres, de 1994, de la Paramount, del director Mark Rydell, con la actuación de : David Selby, Lolita Davidovich, Martin Landau, Patricia Harras, Richard Gere, Scott Bellis, Sharon Stone.